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viernes, 25 de enero de 2013

Sesén


Primero el cien, después el atorce y ahora esto. El otro día estuve esperando un rato largo en el correo para enviar un paquete y escuché a un nene dándole una clase de matemática a la madre. No pude retener toda la genialidad enunciada ese día pero lo que me acuerdo lo documento.

La primera lección fue sobre el 111, o como él lo describió, el uno y el uno y el uno. Pero sabé que si al escribirlo yo con números vos lo leíste como ciento once, estás en un grave error. El nene no pudo ser más explícito al respecto: “el uno y el uno y el uno es un número que se llama dieciuno”.

La madre casi no le daba bola. Su siguiente indicación fue sobre la sucesión. Después del dieciuno viene el veintisiete, después el veintiocho, después el veintinueve, y después el sesenta y ocho. No recuerdo cómo es que se escribía el sesenta y ocho con números, pero era una cosa igual de descabellada.

Después pasó a explicar lo que pasa con las propiedades de los números cuando modificás el orden de los dígitos. El 12, por ejemplo (o mejor dicho: “si ponés el uno adelante y el dos atrás”), se llama doce. Mientras que si invertís el dibujo, “el dos adelante y el uno atrás”, se llama tleinta y uno. No sabría exactamente si la L era un defecto de la pronunciación o parte del nombre inventado. Lo que más me sorprende, en realidad, es que el muchacho ignorara cosas tan básicas como la formación del veintiuno, pero manejara a la perfección lo de “adelante” y “atrás” en las palabras, que yo siempre me los mezclo cuando no lo pienso durante media hora antes de hablar.

La madre, en esta parte de la clase, se percató de lo que su hijo le estaba diciendo y lo corrigió. Le explicó que si bien es cierto que 1 y 2 arman el doce, el 2 y el 1 arman en realidad el veintiuno. La respuesta del chico fue contundente: “No, mamá, el veintiuno no existe”.

Y el último de los datos que recuerdo es uno de los últimos que dijo: “Hay un número que se llama sesén”. La madre lo miró como insistente, esperando que dijera la última sílaba de sesenta, pero nunca vino. El número se llama sesén. ¿Cómo se escribe? “Un tres con un cinco y un cinco.”

Lo que podría decir que pasaba es lo que describí con Atorce, un nene tratando de hacer de cuenta que sabe contar. Imitando lo que él percibe de su profesor, por ejemplo, cuando les enseña los números. Imitando, en realidad, lo que él entiende de lo que se les enseña. Y algo de eso hay, pero no sé si es todo.

Porque yo había descripto a mi hermana inventando números en voz baja, balbuceando con la intención de que nadie prestara mucha atención, de que cualquiera pensara por defecto “y bueno, si está contando debe estar contando bien”. Este chico, en cambio, estaba predicando su verdad, totalmente confiado y explicando las tablas de combinación de dígitos hasta donde él las entendía.

No era simplemente que no entendiera la matemática y la presentara vagamente. No entendía la matemática y la había reemplazado decididamente por otra cosa. Mi teoría es que el chico en realidad estaba pensando en la alquimia. ¡Y qué alquimista! Trataba a cada número como un compuesto con propiedades místicas, que podía reaccionar con cualquier otro y formar un número nuevo, sorprendente, que habría que ir corriendo a agregar en las enciclopedias. Mencionaba números como quien menciona pokemones, elementos memorizados de una tabla, que se pueden encontrar en la naturaleza y que reaccionan de manera diferente a diferentes tratamientos. Algunas combinaciones simplemente no existían, dígitos que los podés poner juntos pero no generan ningún número real.

Y lo peor es que al fin y al cabo los números un poco así son.

jueves, 24 de enero de 2013

Atorce


Otra de números. Tuve el entretenimiento de ver a mi hermanita crecer de un bebé minúsculo e insignificante a una adolescente hecha y derecha. Y por supuesto, la vi y hablé con ella mientras ella aprendía a contar.

Una vez la escuché mientras se disponía a contar desde uno hasta donde conociera. La cosa vino bien los primeros diez números. Hasta el catorce pudo también. Después del catorce, sin embargo, vino el atorce. Y más tarde el siuno, y después atisiete. Y así.

En realidad no sabría decir cuáles fueron exactamente los números que inventó aquel día, pero eran todos muy interesantes. Me fascinó su comportamiento. De la misma manera que muchas veces me trató de convencer de que sabía leer, sólo que no en voz alta, y se quedaba mirando una hoja escrita con cara de concentrada, ahora estaba tratando de hacer de cuenta que conocía todos los números que venían después del catorce.

Es muy común que los chicos imiten comportamientos que ven en los adultos, como por ejemplo contar. Aunque no sepan exactamente cuál es el propósito de las acciones, o los detalles y los conocimientos requeridos para llevarlas a cabo, tratan de imitar los síntomas, la parte superficial que ellos identifican. Y en realidad los adultos hacemos lo mismo, sólo que uno de los comportamientos que ya aprendimos es a identificar qué comportamientos son más difíciles de impostar frente a la gente que los maneja mejor que nosotros.

Y eso es un poco lo interesante, ¿no? Que convivimos todos los días en esta sociedad con seres humanos que ignoran, por ejemplo, la sucesión de los números naturales, y cuán unívoca e infalsificable es. Y sin embargo podemos hablar con ellos y discutir con ellos y sentir por ellos casi todas las emociones que podemos sentir por la gente de nuestra edad, e incluso más. Son gente que ignora lo precisa, lo inconfundible que es la cadena de números naturales para alguien que ya la maneja. Pero no tienen manera de averiguarlo sino pretendiendo que la saben.

Tampoco tienen manera de saber si pueden fingir el llanto. Y después quizá descubren que sí, que pueden hacer que algún adulto crea que efectivamente están llorando. No tienen manera de distinguir entre llorar y contar, qué acciones son infalsificables y cuáles están más abiertas a interpretación. De la misma manera que nosotros, hasta que no lo intentamos, no sabemos si podemos fingir que nos reímos cuando en realidad no entendimos el chiste. O fingir que caminamos distraídos por la calle cuando en realidad pensamos en si nos vemos ridículos o no. O fingir que sabemos cómo hacer un trámite cuando en realidad estamos leyendo el formulario con la esperanza de que nos ilumine el asunto. O fingir que nuestra vida es interesante cuando en realidad estamos preguntándonos cómo es que todas las cosas les pasan siempre a los demás.

Así que alguno de estos días mando todo a la mierda y me fijo si puedo contar hasta atisiete yo solito.

miércoles, 23 de enero de 2013

Cien


Tengo un recuerdo relacionado con los números de cuando yo era chico. Le pregunté una vez a mi madre si el número 100 era grande o no. Seguramente hacía poco había aprendido a contar hasta cien. Ella me respondió que depende, y me dio ejemplos de situaciones en las que cien de algo es mucho y otras en las que cien de algo es muy poco. No recuerdo los ejemplos, pero no son difíciles de imaginar: cien leones para cazar es mucho, cien pelos en una cabeza es muy poco, cien empanadas para cocinar es mucho, cien granos de arroz muy poco. Etcétera.

También me acuerdo de haberme enojado con su respuesta. No enojado, en realidad, pero sí me pareció que eludía deliberadamente el punto de la pregunta. Porque yo no preguntaba por el número cien en relación con las cosas que se podían contar con él, yo preguntaba por su tamaño intrínseco. POR SUPUESTO que el número cien era grande. Si cualquier número era más chico o más grande que otro, entonces todos los números tenían que tener algún tamaño. Independientemente de qué cosa se pudiera contar con ellos. Y el tamaño del cien era “grande”, sin duda.

Ahora veo que en realidad la respuesta de mi madre tenía mucho sentido. Ningún número tiene un tamaño intrínseco realmente. Lo que pasaba era que para esa edad yo no conocía nada que, viniendo en centenares, fuera poco. O al menos, si lo conocía, nunca lo había contado, porque hasta entonces no había sabido cómo contar hasta cien.

Y en efecto, reflexionando sobre el tema, creo que lo que en ese momento yo interpretaba como tamaño intrínseco (aunque probablemente no supiera lo que significaba “intrínseco” si vamos a ser honestos) era no el tamaño del número, sino el tamaño del esfuerzo necesario para contar hasta ese número partiendo desde el 1. Y tampoco sospechaba, supongo, que el esfuerzo que demanda contar hasta cien fuera relativo también, y dependiera de quién lo está contando.

De manera que la única respuesta es que no hay respuesta. Y por eso es que la pregunta es tan interesante, y me sigue volviendo a la memoria. Porque al fin de cuentas, el número cien, ¿es grande o no es grande?